miércoles, 27 de diciembre de 2017
SOBRE LAS ELECCIONES CATALANAS DEL 21-D.
Como era de
esperar se vuelve a repetir el mismo cuento después del empate técnico de estas
elecciones. Unos vuelven a repetir la necesidad del diálogo político para legitimar
el derecho a decidir sobre la independencia de Cataluña, y otros se escudan en
la Ley suprema de la Constitución que lo impide. Unos y otros quedan tan
contentos porque todos han ganado con este status quo, se aseguran largos
debates parlamentarios y en los medios, y se aseguran un trabajo fijo. ¿Y el
ciudadano de a pie, el supuesto copropietario de la soberanía popular, dónde
queda su estado del bienestar?
En una hipotética
democracia pura, los partidos políticos que representan a los pobres siempre
ganarían las elecciones, porque en toda sociedad, los pobres son más numerosos
que los ricos. Si esto no ocurre en la práctica en ningún país del mundo es
porque todas las democracias son intervenidas en mayor o menor medida. Aunque es
de sentido común que de alguna manera la democracia pura debe ser intervenida
para que ésta no se desvirtúe en demagogia, y en lugar de repartir riqueza se
reparta pobreza. Pero en España, como prototipo de país extremista en todas las
facetas, aquí somos los campeones del intervencionismo político.
La sociedad
catalana ha quedado fraccionada en dos bandos enfrentados e irreconciliables,
pero no entre izquierda y derecha, sino entre constitucionalistas e
independentistas. Empecemos por los constitucionalistas. La derecha rancia
tradicionalista, la de la reforma laboral salvaje y el saqueo de las arcas
públicas, a través de su marca blanca lidera el bando constitucionalista, ha
relegado al vagón de cola a la oposición de izquierda universalista. Su
proyecto político es, en primer lugar, salvar a la patria de los enemigos que
quieren romperla. Cuando dobleguen a los separatistas, ya hablaran de modelo de
sociedad. Por su parte, los constitucionalistas de izquierda ni comen ni dejan
comer, no se atreven a definirse por temor a perder votos, sin percibir que
están perdiendo la identidad.
En el otro
bando, el de los independentistas, es la misma tónica. La derecha rancia
catalana, la del 3% y cuentas en paraísos fiscales, lidera el movimiento
separatista sometiendo la voluntad de la oposición de izquierda con promesas de
reparto de poder cuando logren la República Catalana. Esta izquierda
nacionalista excluyente, independentista, republicana, localista, pueblerina… y
todos los calificativos antinaturales y contradictorios inimaginables, está
dispuesta a apoyar hasta el mismísimo diablo con tal de arañar cuotas de poder
y mangonear presupuestos públicos.
Sí, la
estrategia de la derecha española es la misma que la estrategia de la derecha
catalana, porque hay una sola estrategia y una sola derecha. El descontento de
los ciudadanos por los recortes salariales y sociales no debe canalizarse hacia
los partidos de izquierda y poner en peligro el Gobierno de la derecha, el
protector de las multinacionales, los verdaderos gobernantes de la economía
mundial. Con las ideologías nacionalistas se consigue que los sentimientos
desplacen al raciocinio y rompan el mayor bloque de los votantes, los “pobres”.
La manipulación de la democracia pura está asegurada.
Mientras
tanto, los partidos de izquierda españoles y catalanes viven acomodados en la
oposición, sin responsabilidad de gobierno y cobrando de las arcas públicas. Si
no fuera así alzarían la voz contra la Ley Electoral que les perjudica y
permite que todos los votos no tengan el mismo valor. Necesitamos una Ley
Electoral que garantice “un ciudadano, un voto” para que nuestra democracia sea
algo más justa y difícil de manipular. Y también para terminar con los pactos
post-electorales que desafían toda lógica política y devuelva todo el
protagonismo al ciudadano.
Fdo.:
Luis Perant Fernández