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martes, 2 de febrero de 2016

IMPUESTOS Y GOBIERNOS.



       Comprender la política económica de un Gobierno es difícil porque siempre resalta lo positivo y esconde lo negativo. Pero la cosa se complica cuando lo positivo para unos ciudadanos es negativo para otros. Por tanto, dejemos los discursos populistas dirigidos a cada clase social, porque son contradictorios y nos alejan del conocimiento de las políticas públicas que gobiernan nuestras vidas.
Una de las funciones principales del Estado es regular los mercados para que todo ciudadano pueda comprar sus necesidades y vender sus productos. Los liberales sostenían que los mercados se regulaban solos por el mecanismo de la oferta y la demanda, hasta que la crisis mundial de 1.929 demostró que los poderes públicos deben intervenir los mercados para que la economía no se hunda. Y como todos los agentes económicos (productores, consumidores, distribuidores, inversores, intermediarios, especuladores, importadores, exportadores…) saben que los gobiernos son los que regulan los mercados con sus políticas y dineros públicos, pues ahí tenemos a todos los grupos sociales y económicos presionando al gobierno de turno para sacar tajada, y dispuestos a untar a todo político que se preste. La fuerza de estos lobbies no se mide por el número de miembros, sino por su volumen de negocio y su conocimiento del sistema político, para ello las multinacionales integran en plantilla a ex cargos públicos y políticos.
Las competencias del Gobierno, más conocidas por los ciudadanos, son recaudar impuestos para mantener las Instituciones del Estado, proporcionar los servicios públicos y ejecutar las obras públicas. Pero además, el Gobierno también asigna recursos públicos para regular los mercados y asegurar su abastecimiento y funcionamiento. Y aquí entra la ideología del Gobierno de turno porque asegurar el buen funcionamiento del mercado no implica un reparto equitativo de las ayudas públicas entre todos los agentes económicos. Por regla general pero no exclusiva, la política económica de los gobiernos de izquierdas favorece a los consumidores para incentivar el consumo, la producción y la creación de trabajo; y la política económica de los gobiernos de derechas favorece a los productores para crear trabajo, producción y a su vez elevar el consumo. Se podría pensar que el resultado es el mismo, pero no más lejos de la realidad. Para simplificar, dividimos los agentes económicos en dos bandos: los productores y los consumidores.
La regulación del mercado es compleja porque el Gobierno debe calcular la cantidad de dinero en circulación y la velocidad de intercambio de ese dinero en manos de los agentes económicos. Es importantísimo que esa cantidad y velocidad sean las correctas para que el mercado funcione, es decir, para que toda la producción se consuma. Si hay poco dinero en circulación, el consumidor no compra y el productor despide trabajadores; si hay exceso de dinero el consumidor compra más, pero como la producción tiene límite, pues se inicia la subida de precios, la consiguiente inflación, la recesión económica y el despido de trabajadores. Si además, de estas dificultades para regular adecuadamente los mercados, añadimos la discrecionalidad del gobierno de turno para asignar las ayudas públicas al bando de su agrado, no debe sorprendernos que el ciudadano no vea la crisis hasta que la tiene encima.
Las ayudas públicas a la producción pueden ser directas, indirectas, financieras, a la innovación, fiscales, administrativas, laborales, sectoriales, nacionales, europeas, a la exportación, a las organizaciones empresariales…; y las ayudas públicas al consumo pueden ser una mayor cobertura de los servicios públicos, mayor asistencia social, mayores pensiones, mayores ayudas a las familias, mayores becas, mayores masas salariales en el sector público, salario social vital, menores requisitos para acceder a pensiones de invalidez, legislación favorable al trabajo, a los sindicatos de trabajadores… A pesar de que estas inyecciones de dinero público son necesarias para que la economía no se estanque, estas medidas han resultado ser ineficientes a medio y largo plazo.
Las ayudas a la producción hacen que las empresas se acomoden y pierdan competitividad. Sus instalaciones y su tecnología envejecen a la espera de más subvenciones públicas, y si éstas no llegan, las empresas dejan de ser competitivas y cierran. Las ayudas al consumo tampoco son la panacea para la economía. Los subsidios desincentivan el trabajo, pero también, terminan por distorsionar los precios. Los productores reducen salarios puesto que las familias tienen otras fuentes de ingreso, y suben precios porque los consumidores tienen dinero. Esto hace que el consumo se estanque, y se inicie un nuevo ciclo recesivo.
Si la inyección de dinero público a los mercados es necesaria para que la economía no se paralice, y las ayudas a la producción y al consumo resultan ineficientes a medio/largo plazo, pues habrá que pensar en otras políticas públicas. Seguro que existen.

Fdo.: Luis Perant Fernández

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